CLIMA ENTRE BANDAS
En la década de los 70, en pleno apogeo de la revolución punk,
los Sex Pistols apuntaron con dardos envenenados a bandas como Yes, Pink Floyd y
Queen. En Estados Unidos durante el decenio siguiente, las guerras de
declaraciones entre la incipiente camada metalera (integrada entre otros por
Poison, Mötley Crüe y Guns n’ Roses) eran frecuentes noticia de tapa no
solamente reservada a las publicaciones musicales, aunque más que una postura
definida, en esos últimos casos se trataba más de trucos publicitarios. En
Argentina, era bien conocida la rivalidad (sobre todo a nivel de público) entre
(los ya desaparecidos) Soda Stéreo y los Redondos.
Uruguay no ha tenido, más allá de una especie de “pica” entre seguidores de los
Traidores y los Estómagos en el último lustro de los ’80, grandes rivalidades
entre bandas de rock. Las dimensiones del mercado y el hecho de ser solamente
tres millones y algo de personas, han determinado que sea mucho más útil unirse
que enfrentarse.
Si bien cada músico o banda tiene mayor afinidad con una parte de sus colegas (y
algún resquemor que bien se trata de guardar en casi todos los casos), todos
coinciden en que el trato es, siempre respetuoso y bueno en general. De
cualquier manera, las rivalidades se seguirían manejando en el ámbito de los
seguidores. Recuerda Jorge Nasser: “en el plano personal siempre hubo respeto,
pero sentíamos la segregación en el tema de las hinchadas; claro, Níquel no
hacía lo mismo que los demás”.
Otra banda que tenía una propuesta bastante diferente era el Cuarteto de Nos,
que nació cuando todavía el Canto Popular – y sobre todo con los retornos de
Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti y los Olimareños – era la corriente musical
predominante. “Tanto con el ‘cantopopu’ como en el resurgimiento del rock,
éramos vistos como sapos de otro pozo, pese a que había gente que afirmaba que
por el concepto nihilista de nuestras letras los únicos punks de verdad éramos
nosotros”, sostiene Santiago Tavella, quien remata que “se percibía que había
rivalidades de público de algunos grupos con nosotros, y casualmente era con
bandas con las que nos llevábamos bien”.
“No hay una infraestructura que permita el contacto continuo con otras bandas a
través de toques”, opina Garo Arakelián, guitarrista de La Trampa, “de todas
maneras, si no hay buena onda entre los grupos... no nos enteramos todavía”.
“Por suerte el público no está fanatizado”, indica el Sórdromo Rodrigo Gómez,
“aparte, si la postura del joven ‘rockero’ seguidor de una banda suele ser
tolerante y liberal, o poder pensar lo que quiere, es paradójico que diga
‘entonces, si te gusta otra (propuesta) sos un gil’”.
El hecho que muchas bandas tengan una gran convocatoria y realicen shows que
incluyen puestas en escena de gran nivel (como fue el reciente caso de
Puercópolis de la Vela Puerca), es más que nada un aliciente para mejorar el
propio producto: “así como el público obliga al artista a mejorar, las otras
bandas también, es una competencia sana, buenísima y necesaria “(Chole de Abuela
Coca).
Otro indicio de la buena relación existente es la frecuencia con que músicos de
distintos grupos son invitados a las grabaciones y espectáculos de otros (“toda
la gente a la que hemos invitado ha tirado una onda impresionante”, Carlos
“Coli” Quijano, saxofonista de la Vela Puerca).
Sin embargo, como indica Nicolás Lieutier (la Vela Puerca), “esta profesión no
escapa a ningún sentimiento propio de los seres humanos, y uno de ellos son los
celos”. En esta misma línea coincide Mateo Moreno (NTVG): “hay demasiados celos
para los pocos que somos y demasiada incomunicación para lo que nos podemos
ayudar, como intercambios de instrumentos, compartir salas de ensayo,
intercambio de ‘piques’”.
Para las bandas, esa colaboración se podría traducir en “conseguir mejores
condiciones para tocar, mejores arreglos con dueños de boliches y con
contratistas” (Pablo Abdala, NTVG).