FOTOS Y APUNTES DEL CHARRÚA
Otro toque, otra barra. Esta es la historia de alguien que
hace años viene observando recitales de soslayo, mientras se mueve entre tachos,
vasos, panchos y gente que se acerca hasta el mostrador. Esta es mi historia. La
historia de alguien que trabaja en las barras que expenden bebida y comida en
los recitales de rock.
El último fue el sábado pasado, en el estadio Charrúa, con No Te Va Gustar.
Siempre hay algo para contar. Y yo también tengo algo. Desde adentro, mis
apuntes y fotos sobre NTVG presentando el nuevo disco (Todo es tan inflamable).
Empiezo la historia por aquí: sábado, 18 horas, rumbo al Charrúa en un remise.
La lluvia pertinaz y pequeña. El limpiaparabrisas yendo al compás, de un lado
hacia el otro. El silencio lo rompe el remisero. “¿Qué hay en el Charrúa?”.
Estoy parco, respondo de forma escueta, lo más posible. “Un recital”. Pasan unos
segundos. “¿De quién?”. Necesita más información el hombre. “De No Te Va
Gustar”.
Lo previsible, aunque ojo, jamás lo esperaba. “Y si no les va a gustar, ¿para
qué van?”. Y sonríe cómplice. Trato de ser más ingenioso (no se necesita mucho).
“No, a usted no le va a gustar, a mí sí.” Yo dije ‘No te va gustar’. No dije ‘no
me va gustar’”. Sonríe, pero no entiende un pomo de nada. Pienso qué aparato
este tipo. “Y mañana tocan en una estación de Ancap”, acota. Me deja pensando.
“No, no son ellos Lo de la estación es con otras bandas, La Saga y Buenos
Muchachos, creo”.
Reafirmo lo de qué aparato este tipo, y justo en ese momento en que yo pensaba
que estaba junto a un persona tan distante del rock uruguayo como Condoleeza
Rice, me tira: “A mí este último disco de los Buenos Muchachos me gustó menos
que el anterior. Claro, tiene la canción de ‘la nave’ que está buena”. Plop.
Ahora el veterano, de la nada, me compara discos de los Buenos Muchachos, la
banda de acá que más me gusta. Matizo su opinión.
Así, como la foto de arriba, es la calma que precede a la tormenta. Nadie en el
escenario, nadie en la cancha. Horas más tarde el panorama será el opuesto.
Especialmente con NTVG, que tiene tanta gente arriba del escenario como los que
están abajo agitando. Serán las 18:30 horas. El remisero quedó atrás.
Ahora tengo que llegar a la barra, mi precinto personal de las próximas seis
horas. La robotización absoluta. Escucho, traigo, llevo, otro cobra y devuelvo
el cambio. Así desfilan incontables rostros anónimos, y alguno conocido. “Dos
cervezas”. “Tres panchos”. “Dos con mostaza y uno mayonesa, ¿tenés mayonesa?”.
La gente pide y uno da. El cambio siempre es un tema. Siempre. “¿Tendrías cinco
pesos?”.
Arriba la fortaleza. El rectángulo inexpugnable en el que me defiendo de la
horda de bebedores de cerveza, de consumidores de refresco y deglutidotes de
panchos. Uno se encuentra con todo. Igual, lo mejor es ver la cara de un niño
cuando se acerca con toda la inocencia a comprar panchos, y uno lo corta en seco
diciéndole antes que nada: “No, no te puedo vender whisky. Vení con tu padre”.
El desconcierto es cómico. Son las pequeñas boludeces con las que te
desrobotizás de llevar y traer. Porque hay de todo.
Está aquel que se acerca a la barra y te enseña los dedos, dos dedos, en señal
de dame dos. Y nada más. No hablan. ¿Dos qué? Hay cerveza, hay refresco, hay
panchos. ¿Dos qué? Hablá, duro, hablá. Están los otros, los balbuceantes a los
que nunca le entendés un carajo. Y están los de mil. Los partidarios de Juana,
que te casca la paciencia y te rompen la caja al principio de todo. Te dan mil,
y te pidan una coquita de 20 pesos. 980 de cambio. No, no, no, estás muy
equivocado.
El de arriba es el Rana. Un fenómeno. Te arma un igloo en medio del desierto y
con 40 grados, y sin hielo, ¿eh? Un trabajador incansable. Está desde las
primeras barras prácticamente, hace años. Desde aquella locura con la Bersuit en
AFE, creo.
Cuando la caterva se enloqueció y saltó para adentro de la barra. Cuando te
atacaban de todos los frentes. Cuando no daban 60 manos para servir vasos de
birra. Cuando la gente te decía “flaco”, “maestro”, “loco”, “valor”, “figura”,
“morocho”, “eh, eh, remerita azul”. Y te decían “a este vaso la falta birra, vo,
estás macheteando”; “hace dos horas que te pedí”.
Y te agitaban los billetes en la cara. Ese día fue Iwo Jima y nosotros éramos
japoneses. Ese día fue muy jodido. El Pájaro se cortó la mano y Fede mutó, fue
lo más cerca de un autómata que estuve. Y el Rana, bueno, yo no recuerdo bien si
estaba, pero si estaba, seguro que estaba construyendo barricadas con vasos de
plástico. Un fenómeno el Rana. Es como el Héctor. Son las versiones de McGyver
orientales. Y cuántos puchos le habré mangueado al Rana. Ya le debo un cartón
casi.
Y ahí está la gente. La foto es desde arriba del escenario. Uno trasciende la
barra también, pero sólo con los años. Falta un rato para que arranque el toque.
Estos son los primeros. Los que entran como locos y se apiñan contra el vallado.
Por casi tres horas NTVG va a tocar temas de sus cuatro discos, en especial del
nuevo.
En retrospectiva, ya digo que fue un muy buen show en los siguientes aspectos:
se escuchaba bien, fuerte y equilibrado; la banda tocó con muchas ganas y
precisión. El setlist estuvo bien armado. Y nada, NTVG, te guste o no, tiene
varias melodías que enganchan. Arrancaron con un tema del nuevo disco, muy
tranquilo, como para ajustar sonido.
Después le siguió Me cuesta creer, y después me perdí, pero escuché, y vi, y la
pasé bien. Vi a Fernando Cabrera arriba del escenario interpretar El instrumento
en homenaje al Darno. Claro, la mayoría de la pendejada no sabía quién carajo
era el Darno. Se lo pregunté a unos cuantos que estaban pidiendo panchos en ese
momento. Y nada. Ni mierda sabían.
A Rada lo conocían, menos mal. Si hace toda esa, literalmente, pedorrada para
niños, y está por todos lados. Era factible. Rada también subió al escenario
para interpretar Tirano, tema del último disco en el que pone su voz. Estuvo
bien, eh. La verdad que lo iba a tirar para atrás, pero no. Yo qué sé. No puedo
negar el talento pasado. Y tampoco puede negar que es fanático del manya. Y
bueno, con eso me basta. ¿Qué poco? Ni tanto. Mateo Moreno subió y cantó
Esquimal. ¿Lo aplaudieron a rabiar? Sí, lo aplaudieron.
Unos minutos después, Emiliano manejó con inteligencia aquellos sentimientos
confusos que podían rondar en la cabeza de los fans de la banda. “Este año que
pasó fue muy difícil para nosotros, por todas las cosas que pasaron. Pero acá
estamos, porque NTVG son ustedes, gracias”. Y con eso traspasó el legado a los
fans, y justificó la continuidad del grupo a pesar del abandono de dos de los
cuatros miembros fundacionales.
Sí, hubo un cuarto miembro fundacional aparte de Emiliano, Pablo y Mateo. Si no
sabían, averigüen, yo sólo trabajo en una barra. Pero así fue que la mandó
Emiliano, NTVG no es de nadie salvo de su gente. El colectivo de abajo del
escenario, manda. The show must go on. Más con un nuevo disco en la calle.
Y ahí está la cosa en pleno ¿funcionamiento? ¿final? No recuerdo. Capaz que ya
pasó No era cierto, ese final apoteósico que NTVG nunca tiene que abandonar. Es
su mejor canción, y su pequeño Jijiji. Film velado en blanca noche. Ahí están
los tachos, blancos, azules. Meter la mano adentro para sacar latitas en
invierno es como pescar cangrejos en Alaska, más o menos. Pero en marzo no.
En marzo está bien. En marzo hace calor y la gente está más activa. En un
momento voy al baño. Siempre se va. Por lo menos dos o tres veces en la noche.
Veo y escucho pasar a un grupo de pibes y chicas de ¿qué? 16 o 17 años,
cantando: “No te acuestes sin fumar tu cuete, y de mañana al despertarte tenés
que fumarte uno más / Es muy verde, es muy rico y muy sabroso mi cuete pa
fumar”. ¿Se acuerdan? Era con la melodía de aquella canción de Parmalat, la de
“no te acuestes sin tomar tu leche…”. Pensaba de dónde habían sacado los guachos
aquel tema, eran muy chicos para recordar un aviso que desapareció hace cuánto,
¿ocho o nueve años?
Este es Nico, manager de NTVG. La cara te tira algunas pistas. Alivio, por
ejemplo. Cansancio, un poco, ¿no? La cosa terminó, todo salió bien. Era una
difícil parada para el grupo. No era joda. La ida de Mateo y Pablo.
El saber si el disco estaba pegando entre la gente. Las contrariedades para
poder tocar en el Charrúa con aquello de los vecinos y los pájaros. El dengue.
La lluvia. No, no era fácil. Y no les fue lo mejor que pretendían. Pero sacaron
un buen show, y remontaron, cómo decirlo, un partido entreverado.
El escenario desde atrás. Desde el backstage. Cuando terminó el toque se
juntaron todos en la tribuna detrás del escenario. Parte del mundo del rock
uruguayo. Abrazos, sonrisas, alegría. Estaban satisfechos. Había otros músicos
apoyando el momento.
Estaba la cámara de MTV haciéndole una nota a Sebastián Teysera, justo en ese
momento en que tuve que volver a la barra. No, si me voy a quedar tomando
cerveza. Hay trabajo para hacer. Cargar casilleros a campo traviesa. Formar
cadenas humanas para facilitar el trabajo. Arrastrar las manos y los pies.
Fumarse un pucho. Cobrar. Y esperar que llegue la siguiente barra.
Revista Freeway